La historia de esta revolución industrial comienza a principios del siglo XX, concretamente en el año 1933, cuando un grupo de investigadores de Imperial Chemical Industries desarrollan un nuevo material al que denominaron “polietileno”. Este nuevo componente surge a partir del descubrimiento de que el gas etileno se polimerizaba cuando era sometido a un proceso de presión y calor, dando como resultado un material termoplástico que era muy resistente e impermeable, algo revolucionario para la época, ya que se necesitaba un material alternativo al metal y la madera, materiales muy pesados y difíciles de tratar. Tras este descubrimiento, se sucedieron varios experimentos que dieron como resultado una serie de estructuras moleculares, aprovechables profundamente en esos años, ya que hay que tener en cuenta la proximidad de la 2ª Guerra Mundial y el avance tecnológico que esto propició.

Esquema de la estructura del polietileno
En esa época surgirían importantes nombres asociados al plástico, como Earl Silas Tupper. En un principio su producción era mayoritariamente destinada a objetos derivados de la guerra, tales como elementos de las máscaras de gas pero, al término de ésta, como muchos otros fabricantes se tuvo que adaptar a la nueva situación de mercado civil, con lo que se produjo uno de los mayores éxitos de ventas asociados al plástico: el tupperware. El secreto del éxito de este producto consistía en su apariencia traslúcida, sin porosidad, suave y sin olores. Pero lo que realmente elevó a la cumbre al tupper fueron las tapas que se ajustaban de una forma perfecta y hermética a cada recipiente, que aseguraban una conservación de alimentos mucho más duradera que con otros productos análogos.
En escalada se plantea esta opción como completamente efectiva. Sólo es cuestión de tiempo que nuevos materiales “ecológicos” surjan de la mente de algún científico, o se redescubran y se apliquen a un mundo dominado actualmente por el plástico. Podemos encontrarnos ante una nueva revolución como la que comenzó allá en 1933, sólo el tiempo nos revelará hasta dónde puede llegar este nuevo horizonte.

Pero esto sólo es la punta del iceberg. Actualmente vivimos rodeados de plástico por todos lados. Su bajo coste, unido a la infinidad de usos que posee le hace merecedor de un gran puesto en los tipos de materia para la fabricación de productos del mundo entero.
Pero no todo es bienestar y facilidades para el universo del plástico. La cara oculta del que parece el material estrella de la fabricación de compuestos es la contaminación. Estos materiales son en su mayoría no biodegradables, lo que quiere decir que no son fáciles de reciclar en otros productos válidos para considerarse materia prima de nuevo. Tan sólo el 25% del total es reciclable, y aún así es bastante costoso. Un dato que se refleja de esto es que el proceso de biodegradación de un plástico normal puede durar hasta 500 años, lo que implica que los vertederos de numerosas ciudades de todo el mundo se encuentren repletos de este material. La idea más plausible sería proceder a su incineración, pero este proceso acarrea mucha más contaminación que su biodegradación per se, con lo que el problema del reciclaje del plástico constituye un verdadero problema en la actualidad.
Debido a este planteamiento, están surgiendo varias iniciativas que pueden salvar la papeleta a los consumidores de plástico. Se trata de unos materiales que tienen las propiedades y apariencia del producto contaminante, pero éste se recicla con una facilidad mucho mayor, sin perder un ápice de eficiencia en su cometido. Algunas empresas lo están comercializando en forma de envase para la venta de agua embotellada. Este material, derivado del maíz, promete ser un feroz competidor del plástico, y más cuando se abaraten los costes de producción cuando se proceda a un aumento en su uso. Esto además creará una gran cantidad de puestos de trabajo, debido a las nuevas plantas de reciclado que deberán instalarse para el tratamiento del nuevo material.
En España, el líder de la producción agrícola de maíz lo ostenta Extremadura con un 16% del total de todas las regiones españolas. Además, esta región también se presenta cabeza de producción de soja, tabaco o tomate, productos que también podrían utilizarse para fabricar derivados que sustituyeran de una forma u otra al material plástico, ya sea como aislante, fabricación de recipientes o una multitud de usos para desbancar al rey de los materiales caseros, por no hablar de los usos en la totalidad de áreas industriales.
Pero no todo son iniciativas privadas y directas para encontrar un material fiable, ecológico y económico frente al plástico. En algunos casos, avances tecnológicos indirectos también favorecen al medioambiente. Es el caso de las pruebas que se llevan realizando desde hace algún tiempo en el desarrollo de un material que sustituya al plástico destinado a servir de relleno para los chalecos antibalas: la tela de araña. Este material siempre se ha concebido como uno de los más resistentes de la naturaleza y, por ello, se está procediendo a su estudio en profundidad para realizar un material trenzado a base de hilo segregado por arañas que estarían en granjas de producción con este fin. Además la tela de araña tiene otros usos tales como la confección de cuerdas que requieran soportar un esfuerzo muy superior al que actualmente puede alcanzarse con los materiales tradicionales.